Estrategia marina
Alfil o caballo (de mar)
en la horca del sol poniente
al filo diagonal
asalto de orca
poner el diente
en la lluvia
a salto de raya
manta ardiente
la noche en su mantarralla
jaque de estrellas
mate la piel entre ellas.
Alfil o caballo (de mar)
en la horca del sol poniente
al filo diagonal
asalto de orca
poner el diente
en la lluvia
a salto de raya
manta ardiente
la noche en su mantarralla
jaque de estrellas
mate la piel entre ellas.
Al contrario, la vitrina es para exposición y siempre bienvenido el entrometimiento que des-compone “haciendo taller” con la invitación. Para acompañar la invitación a la mirada, hoy traigo de “convidado” a Gerard Richter, con su Seestück II, de 1970...

nudo ahorcado
de lumbre
viento en brama
insomnio
la lengua se traba
trabalenguas
de la mira al andar
anda la mirada
ahorcada de mar
no es nostalgia
desamarrar la mirada
de las ataduras
amarraduras
atadas de dudas
a patadas las ataduras
(algo) del mar
arar corredizo
ah mar adentro
amar
la melancolía
por dentro.
Sueño que veo: me veo que veo...
Me veo a mí, con el virus letal que amenaza desatar el tiempo, transportar las ataduras de la inocencia y hacerlas explotar en el corazón de la ironía: ¿de la ira?...
Irá mi entrenamiento por los tentáculos diseminando el pulpo, disfrazándolo de ejércitos apostados en la defensa de su caos, patrocinando psiquiatras y psicopatologías para asegurarse la efectividad del golpe al cuartel general de las costumbres...
Me acostumbro a desarticular las células del movimiento, apenas una porción mínima de sobrevivencia en el incendio de los disfraces expansivos, siempre alerta, siempre a la puerta del dispositivo mediático, a medias entre la información y el ataque preventivo, activando el transcurso de la paranoia...
Para no ya salir de donde no he entrado, la policía del alma me lleva al interrogatorio. El miedo se apodera de los viajeros y el performance pasa la primera aduana: confundir el aroma con la sorpresa del contenido, sembrar fragmentos en la inconciencia de estar siendo o haber sido, de ir al pasado para recoger las semillas sembradas en la médula del olvido: puras muestras biológicas de la degradación...
Biodegradable, bioconsumible, bioamenazante, biótico y antibiótico del sufrimiento con el que tengo que pellizcarme para convencerme de que, efectivamente, esta luz se puede esconder, empeñada en sus sombras, trayendo avisos de la ultima retirada y nutriéndose del alumbramiento, a expensas de la luz actual, de la que casi ya no queda nada. Y, desde ahí, planeo la destrucción, rasguñando delirios, arrebatando pasajes, rompiendo edades, descomponiendo parajes, invocando conflagraciones, recordando paisajes...
Paisajes, antes y después de la batalla, respuestas que hunden sus raíces en la existencia, en las glorias muertas de la insuficiencia, del retrato pasado por el testimonio borroso de las mentiras y las leyendas, montadas en caballos apocalípticos, derrotados por la fuerza del tropezón con la misma piedra. La sonrisa de la fortuna dispara contra los caballeros de tanta divina providencia y se roba a sus mujeres, apenas en un incansable pero siempre frustrado deseo, dejando su huella en las alucinaciones de regresar a las cuevas del héroe sempiterno en los paraísos del sueño...
El tiempo también es un territorio. A cierta edad el tiempo que te quede por vivir será tu único patrimonio. Mientras seas joven no pasa nada si parte de ese patrimonio lo cedes de buen grado a otra persona, si lo malgastas o, incluso, si permites que cualquier idiota te lo arrebate. La vida te dará todavía algunas oportunidades para recuperarlo. Pero cuando el caudal empiece a agotarse no deberás permitir que nadie interfiera, fiscalice o coarte ese tiempo de tu exclusiva propiedad. Cualquiera puede ser rey de ese territorio invisible, solo que para llegar a dominarlo hay que dar un golpe de estado: si pierdes esa batalla ya no serás nadie. Un día, tal vez a causa de una depresión o porque el dedo de un ángel te haya tocado la frente, tendrás la evidencia del valor del tiempo que te queda antes de disolverte en el espacio. Será lo más parecido a una revelación. De pronto, descubrirás un hecho tan simple como éste: que la vida te pertenece a ti y a nadie más. Debes saber que nadie te va a agradecer el haber cedido la soberanía si no fue por tu gusto y placer. Habrás sido un esposo fiel, un padre ejemplar, una hormiga de oro para la empresa y un ciudadano honorable, pero no serás el tipo que un día decidió ser libre, ya que el tiempo también es la libertad. A partir de una edad no intentes volar en un ala delta ni correr los cien metros lisos a menos que te pongan un féretro en la meta. Hay retos más difíciles que uno debe afrontar cuando ya se divisa un gato negro en la línea del horizonte. Dios creó el tiempo, pero dejó que nosotros hiciéramos las horas. Ese pequeño territorio de cada día será imposible de gobernar si el tiempo no es tuyo y no eres tú quien marca las horas para regalarlas y compartirlas con esa clase de personas que te hacen crecer por dentro. Esa dádiva también será tu salvación. Estas cosas le decía el Maestro al discípulo mientras paseaban una noche muy oscura por una ciudad abandonada. Al llegar a una plaza el discípulo creyó que había salido la luna llena sobre los tejados, pero sólo era la esfera iluminada del reloj de una torre, donde también había una veleta oxidada en forma de gallo. En ese momento sonaron doce campanadas y el maestro le hizo observar al discípulo que aquel reloj no tenía agujas ni números. Su esfera parecía la córnea de un ojo que les miraba en la oscuridad. El tiempo también es el silencio, de modo que a una edad lo más sabio a veces es callar, pero nunca obedecer, dijo el Maestro. El gallo oxidado de la veleta cantó anunciando la madrugada.